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IV
COMISIÓN DE NACIONES UNIDAS
(COMISIÓN DE POLÍTICA
ESPECIAL Y DESCOLONIZACIÓN)
INTERVENCIÓN SOBRE EL
SAHARA OCCIDENTAL
Isidoro Moreno
Navarro, Catedrático de Antropología Social de la
Universidad de Sevilla, miembro de la Junta
Directiva de la Asociación Pro Derechos Humanos de
Andalucía y Presidente de la Plataforma Cívica
Andaluza Pro Referéndum en el Sahara.
Octubre 2007
Señor Presidente,
Señoras y Señores Delegados:
Es para mí un honor
poder hablar aquí, ante la Comunidad Internacional,
por invitación de la Coordinadora Estatal de
Asociaciones de Solidaridad con el Sahara, que
coordina a más de 400 organizaciones de todo el
Estado Español que trabajan por la Paz apoyando los
derechos del pueblo saharaui.
Como profesor de
Antropología de la Universidad de Sevilla
–estudioso, por tanto, de la diversidad cultural- he
de afirmar, desde el principio de mi intervención,
con toda rotundidad, que el pueblo saharaui
constituye una nación con una identidad histórica,
una identidad cultural y una identidad política que
son indiscutibles y le hacen, por ello, diferente a
cualquier otro pueblo. Y como militante en la
defensa de los Derechos Humanos –miembro de la Junta
Directiva de la Asociación Pro Derechos Humanos de
Andalucía desde su fundación- he de denunciar,
también desde mis primeras palabras, la cruel
violación que durante todo el siglo XX, y en
especial en los últimos 32 años, sufre ese pueblo al
que no se permite el ejercicio de la libre
autodeterminación, a pesar de las reiteradas
resoluciones al respecto de esta Organización de
Naciones Unidas, y al que se ha dividido por un muro
levantado por un ejército invasor, haciendo que una
parte del mismo –casi doscientas mil personas- tenga
que vivir refugiado en el terrible escenario de la
hamada del desierto argelino mientras otra
parte sufre la ocupación represora del agresor
extranjero, que no sólo roba sus riquezas naturales
sino que niega el derecho básico a expresar la
propia identidad saharaui, castigando con cárceles,
torturas y asesinatos el simple hecho de declararse
miembro de esta nación.
Como andaluz, ciudadano
por tanto del Estado Español, debo partir de la
afirmación de que el conflicto del Sahara Occidental
llevaría tres décadas resuelto si España no hubiera
traicionado a ese pueblo y rehusado a cumplir sus
compromisos tanto con él como con Naciones Unidas,
en su papel de potencia colonial administradora,
abandonando vergonzosamente el territorio, en 1975,
ante el anuncio de invasión marroquí y firmando
luego un acuerdo –nulo de pleno derecho- con
Marruecos y Mauritania para cederles el mismo. Pero
si esta felonía fue realizada por un régimen
antidemocrático y fascista, como era el del general
Franco, treinta años después de la muerte del
dictador y de la recuperación de la democracia
ninguno de los sucesivos gobiernos españoles ha
reparado la gigantesca injusticia contra el pueblo
saharaui perpetrada en los últimos días de la
dictadura.
La situación del pueblo
saharaui –su resistencia heroica y el avance en su
construcción nacional en las más difíciles
condiciones- ha activado en muchos países, pero
especialmente en el Estado Español, en amplios
sectores de la sociedad civil, la conciencia sobre
la necesaria corrección de la injusticia y un
importante movimiento de solidaridad que posee
múltiples dimensiones: política, humanitaria, de
cooperación al desarrollo, de sensibilización…
Esta solidaridad
internacional sigue siendo hoy necesaria porque el
régimen de Marruecos –que sólo como una burla al
Derecho podría ser definido como democrático-
continúa insistiendo en que el conflicto del Sahara
Occidental es un “asunto interno” que debe ser
tratado en base al principio de “integridad
territorial”. Una posición que es equivalente a la
que mantuvo Adolph Hitler para tratar de legitimar
su ocupación militar de Austria y de Bohemia. Una
posición que los delegados del rey de Marruecos
siguen defendiendo “como innegociable” en las dos
series de conversaciones que han tenido lugar
recientemente en cumplimiento de la resolución
1.754, de 30 de abril último, del Consejo de
Seguridad. Pero esta resolución garantiza, como
todas las anteriores, y como no podía ser de otra
manera, el derecho de la población saharaui a
decidir libremente su futuro, por lo que la
pretensión de que el referéndum sea en realidad un
plebiscito sobre la propuesta actual de “autonomía”
fabricada por Marruecos en modo alguno cumple los
requisitos de un verdadero referéndum de
autodeterminación. Para que este tenga lugar han de
estar presentes las dos opciones: por una parte, la
integración en el Reino de Marruecos, mediante una u
otra fórmula –incluida, si se quiere, una autonomía
limitada para asuntos secundarios-, y por otra la
opción de la independencia. No existen, ni pueden
existir, “terceras vías” entre ambas; y afirmar que
la actual propuesta marroquí lo es no supone otra
cosa que una forma descarada de apoyar la ilegalidad
y dar la espalda al Derecho Internacional.
Marruecos viene
incumpliendo de forma sistemática todas las
resoluciones de Naciones Unidas desde que invadió el
territorio del Sahara Occidental; un territorio que
nunca fue suyo, como declaró en 1975 el Tribunal
Internacional de Justicia de La Haya. En este mismo
sentido, años antes, Julio Caro Baroja, el más
importante antropólogo español del siglo XX, había
llegado a una conclusión equivalente en sus estudios
sobre el Sahara. La cultura y forma de vida de “los
hijos de las nubes”, como él denominó a los
saharauis, tenían características claramente
diferenciadas a las de Marruecos: esa cultura era
fundamentalmente beduína y nómada, además de
islámica. El hassanía era –y es- su versión
propia del árabe y la asabiya o solidaridad
comunitaria tribal el valor social central. Y la
diferenciación se ha acentuado aún más durante el
largo proceso de descolonización, bloqueado durante
tres décadas. En este tiempo, el pueblo saharaui ha
pasado de ser una sociedad constituida por segmentos
tribales a poseer una potente identidad nacional. La
agresión marroquí colaboró paradójicamente a este
avance, ya que la gran Asamblea de las kabilas
saharauis, en octubre de 1975, respondió a ella
depositando toda la autoridad en una organización
política de carácter unitario y nacional, el Frente
POLISARIO, que había encabezado en años anteriores
la lucha contra el colonialismo español. Esta
acentuación de la conciencia nacional saharaui se ha
producido tanto en los campamentos de refugiados de
la hamada, creados por una población que tuvo
que abandonar su patria ante el peligro de
exterminio, como en las propias ciudades ocupadas.
Tanto en el periodo de
guerra como desde el alto el fuego de 1991 que
Marruecos, pese a su superioridad armamentística,
tuvo que suscribir ante la evidencia de la
imposibilidad de una victoria militar, el pueblo
saharaui ha sido capaz de construir, en el
territorio de los campos de refugiados y en la zona
liberada del Sahara Occidental, un Estado que ha
sido reconocido por la organización de la Unión
Africana y por más de ochenta países. En las
condiciones más adversas, se ha conformado una
sociedad nacional que es un ejemplo de organización,
tolerancia, protagonismo de la mujer, respeto a los
derechos humanos y aspiración igualitaria.
Y en los territorios
ocupados, a pesar de la terrible represión policial
y militar, está hoy más encendida que nunca la
afirmación nacional saharaui, la resistencia cívica
y la denuncia de los atropellos a los derechos
humanos. Por ello, también, la violación de estos
derechos alcanza actualmente su grado más alto y de
ahí las repetidas prohibiciones a cuantas
delegaciones de asociaciones de defensa de estos y
comisiones parlamentarias han pretendido observar la
realidad de lo que allí ocurre. Si me permiten la
alusión, yo mismo puedo dar fe de ello, ya que
formando parte, hace dos años, de una delegación de
parlamentarios y representantes sociales andaluces
se me impidió por la fuerza, como a todos mis
compañeros, bajar del avión en el aeropuerto de El
Aiún para una visita de observación sobre el terreno
de la situación de los derechos humanos.
Hay que subrayar que la
labor abnegada de construcción nacional y de defensa
de sus derechos que ha llevado a cabo el pueblo
saharaui lo ha sido, tras el alto al fuego de 1991,
de forma totalmente pacífica. Pero, Señoras y
Señores Delegados, sería peligroso abusar de la
paciencia y la cordura de un pueblo mientras se le
aboca a la frustración y la desesperanza de ver una
y otra vez incumplidas resoluciones de Naciones
Unidas. El pueblo saharaui está cerca de sentirse
abandonado por la Comunidad Internacional y
traicionado por esta. Arrojar a este pueblo a la
desesperación sería el peor camino para resolver el
actual conflicto; presionarlo recortando la ayuda
internacional imprescindible para su supervivencia
no tendría otro resultado que crear en él un
sentimiento de rencor; dilatar sine die su
situación de 32 años de injusticia y provisionalidad
sería llevarlo, sobre todo a sus generaciones
jóvenes, a la tentación de optar por la violencia.
Por estas razones, pero
sobre todo porque es de justicia, la Comunidad
Internacional que ustedes representan debe presionar
con mayor fuerza que hasta ahora al Reino de
Marruecos para que cese la represión contra el
pueblo saharaui en los territorios ilegalmente
ocupados y se realice el referéndum de
autodeterminación en el que tantas veces han
insistido las resoluciones del Consejo de Seguridad.
Continuar aceptando la violación de la legalidad
internacional y sacrificando los derechos del pueblo
saharaui a los intereses de la monarquía marroquí y
de las grandes potencias que la apoyan no sólo
constituiría una enorme injusticia sino que
agravaría la inestabilidad política en la zona y
abriría el camino al radicalismo.
Hasta ahora, Naciones
Unidas ha sido excesivamente tolerante con el Reino
de Marruecos y esta tolerancia ha sido entendida
como una aceptación de facto de una situación
contraria a toda legalidad. Los pueblos de Timor
Oriental, Kuwait o Kosovo han sido mejor tratados
por Naciones Unidas que el pueblo saharaui.
Indonesia, Irak y Servia fueron presionadas,
sancionadas o incluso sufrieron intervenciones
militares, mientras que el régimen marroquí goza
hasta ahora de total impunidad para desoír las
resoluciones de la Organización y mantener la
ocupación de un territorio que invadió y mantiene
militarmente. Yo les invito a que se pregunten si no
es tiempo de que cese esa impunidad, de que acabe la
tolerancia con la intransigencia y para que triunfen
la justicia y los derechos humanos. No es admisible
poner al verdugo al mismo nivel que a las víctimas,
al agresor al nivel del agredido. Y esto es lo que
se hace cuando se usan expresiones, quizá
bienintencionadas pero carentes de rigor, como “los
derechos de ambas partes”. En este conflicto, el
Derecho y la necesidad de Justicia están, en
exclusiva, al lado del pueblo saharaui.
Señoras y Señores
Delegados: ¿no creen que es ya hora de garantizar
que el Derecho y la Justicia prevalezcan sobre otros
inconfesables intereses?
Muchas gracias por su
atención.
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